Miguel Saavedra fue colgado en Santo Niño un Viernes Santo

Reidezel Mendoza S.

La noche del jueves 29 de marzo de 1917, una partida villista al mando de Martín López Aguirre, comenzó a hostilizar a las avanzadas federales por el rumbo de Las Escobas, sobre la vía del Noroeste, y otra, comandada por José Inés Salazar, a las trincheras posicionadas en las alturas de la presa del Chuvíscar, en las goteras de la ciudad de Chihuahua.

Según el secretario de Francisco Villa, José María Jaurrieta, éste buscaba llamar la atención del general Francisco Murguía, jefe de la guarnición carrancista, por el sur y oeste de la ciudad, donde se encontraban concentradas sus defensas, mientras su caballería hacía un largo rodeo y atacaba por el sector norte, que estaba prácticamente desprotegido por la guarnición.

El grueso de la fuerza villista dejó sus caballos en la Quinta Carolina y marchó siete kilómetros rumbo a Chihuahua.

Al día siguiente, viernes de Dolores, muchas familias chihuahuenses se disponían a asistir a misa, cuando una numerosa fuerza al mando de Francisco Villa, Martín López, Nicolás Fernández, Gorgonio Beltrán, Francisco Beltrán, Manuel Ochoa, Feliciano Domínguez, Silvestre Quevedo, Gabriel Valdivieso, Porfirio Ornelas, Jerónimo Padilla, Baudelio Uribe, Eulogio Ortiz, Agustín García y Miguel Saavedra atacaron la ciudad. A las cinco y media de la mañana del día 30, una partida de 300 hombres comandada por Miguel Saavedra avanzó sobre el Barrio de Santo Niño, Plan de Álamos y la estación del Ferrocarril Central, al noroeste de la ciudad, apoderándose de la estación y de varios trenes, y de las tiendas de la Pierce Oil Company, del Rastro Municipal y de algunas casas de los alrededores, en la actual Colonia Industrial, en donde se atrincheraron.

Enseguida, los villistas atacaron al pequeño retén carrancista, fortificado en las bardas del viejo panteón de La Merced, pero las cargas de sus escuadrones fueron rechazadas en tres ocasiones. Sin embargo, debido a la superioridad numérica de los atacantes, que habían sido reforzados por otras partidas, los defensores del cementerio tuvieron que replegarse al centro de la población. Al enterarse que los rebeldes avanzaban por la Avenida Juárez, ya dentro de los límites de la ciudad, Murguía concentró a un numeroso contingente de sus tropas y atacó a dos fuegos a las fuerzas rebeldes, apoyado por la artillería de Santa Rosa, que dirigía el general Humberto Barros. El combate en las calles de la ciudad de Chihuahua fue encarnizado y se prolongó por más de tres horas. Los generales Eduardo Hernández y Heliodoro T. Pérez flanquearon a los rebeldes y lanzaron una violenta carga de caballería que rompió un extremo de la línea, logrando capturar a 200 prisioneros.

Villa observaba los movimientos de sus tropas desde una pequeña colina solitaria, a cuatro kilómetros al poniente de la ciudad, acompañado por su escolta.

El general Pedro Fabela, que se encontraba estacionado con su fuerza en la Estación Terrazas, en la vía a Ciudad Juárez, al darse cuenta de que la línea telegráfica al sur había sido interrumpida, avanzó rumbo a la Quinta Carolina, y ahí atacó a la retaguardia de los villistas que resguardaba la caballería, haciéndoles 70 bajas.

Los villistas se dispersaron en desorden y huyeron rumbo a los lomeríos cercanos al Río Sacramento, perseguidos muy de cerca por la caballería de Murguía. Los que no pudieron salir de las casas de Santo Niño, en las que se habían atrincherado, fueron capturados, entre ellos el exgeneral aldamense Miguel Saavedra.

Los carrancistas se apoderaron de 500 caballos ensillados, 700 rifles, dos ametralladoras y un fusil Rexer. Las bajas de los villistas, entre muertos, heridos y prisioneros, ascendían a 600. Los rebeldes venían bien provistos de municiones, pero carecían de alimentos, ropas y agua, pues en esa época los ríos estaban secos.

En una carta publicada por la prensa, Villa aseguró que no había podido tomar la plaza “debido a que una parte de mis tropas interpretó mal las órdenes que se le habían dado; y, además, yo me encontraba atacado de fiebre y no pude dirigir en persona las maniobras del ataque.”

Los colgados de Santo Niño

Los cadáveres de los que murieron en el combate fueron incinerados en un terreno baldío, los dispersos fusilados en donde eran capturados y los prisioneros colgados uno por uno. El general Murguía ordenó que a los 80 prisioneros que se les comprobó que habían militado más de dos meses en las tropas de Villa fueran fusilados en el panteón de Santa Rosa, pues consideró que tuvieron bastante tiempo para desertarse. A otros 70 prisioneros que habían servido en las filas carrancistas o que habían sido amnistiados fueron colgados por traición; 30 de ellos en el centro de la ciudad y 43 en la Avenida Colón, una ancha calzada que iba del centro de la ciudad al Barrio Santo Niño, del otro lado del Río Chuvíscar, con grandes álamos a los costados de la avenida, que formaban una valla entrelazados en la altura.

La mayoría de los condenados declararon que se habían unido a las fuerzas rebeldes por las amenazas de Villa, pero que siempre buscaron una oportunidad para desertarse, ya que estaban cansados de la vida agitada a la que éste los sujetaba. Unos días después, un correo villista declaró en El Paso que 255 de los muertos que tuvieron en Chihuahua “eran antiguos soldados carrancistas, de los capturados recientemente en Rosario, donde el general Francisco Murguía sufrió hace poco una aplastante derrota.” Desde hacía unos meses, Villa tenía la costumbre de “colocar a los prisioneros al frente de sus columnas, con el objeto de que sean los primeros en tomar contacto con el enemigo.”

“Al que es pero que lo orquen”

El villista Saturnino Villanueva asegura que el exgeneral Saavedra llegó al lugar del suplicio en un carro de sitio, escoltado por una piquete al mando de Francisco Valles. Los soldados llegaron con un grueso manojo de cuerdas y los prisioneros supieron que serían colgados. Saavedra escogió el árbol en donde debía ser ahorcado, “por estar gordito”, y por ser necesario un palo alto y grueso que lo soportara. Cuando estaba a punto de que le pusieran la soga al cuello pidió como última gracia que le permitieran escribir dos recados. Los soldados le entregaron un cuaderno de apuntes y un lapicero. El primero decía:

“Sra. Rafaela E. viuda de Aguirre, calle 21, número 152. Favor de entregar a Sara el papel adjunto. Me despido. Miguel Saavedra.”

Las últimas palabras del exgeneral Miguel Saavedra, escritas a su esposa en su última carta, fueron:

“Sra. Sara M. Vda. De Saavedra: Te encargo a mis hijos. No llores por mí, pues dices que el que es perro que lo orquen. – Hasta otra vida. – Miguel.”

Ambos recados fueron entregados a un oficial y, enseguida, el exgeneral Saavedra escribió con un carboncillo en un trozo de cartón: ÉSTE ES EL GENERAL MIGUEL SAAVEDRA, y lo prendió de su saco a fin de que pudiera ser identificado su cadáver. Los testigos que lo vieron morir aseguran que el aldamense Saavedra fue colgado de un árbol en la Avenida Colón, a unos 50 pasos del puente de Santo Niño, y que murió “con increíble valor”. El cadáver permaneció colgado hasta las siete de la tarde del mismo día del ataque.

Aparentemente, ninguno de los recados de Saavedra llegó a sus destinatarios. Su contenido fue conocido por su esposa a través de los periódicos locales. La terrible frase contenida en el recado respondía a una durísima frase que su esposa le espetó, después de haberle suplicado que no abandonara a su familia para reincorporarse a Villa: “Verás Miguel cómo van a matarte como a un perro.”

Un espectáculo siniestro

Un ciudadano estadounidense declaró en El Paso haber visto 10 cadáveres colgados del puente de hierro de Santo Niño, y a 34 ahorcados en las ramas de los árboles en las cercanías de la iglesia.

Al día siguiente los habitantes de la ciudad de Chihuahua, que transitaban por la Avenida Colón, contemplaron el siniestro espectáculo: 30 cadáveres pendiendo de sus cuerdas, mecidos por el viento; había árboles a los que el peso de los colgados les dobló las ramas y éstos tocaban el suelo con sus pies. Durante la mañana, los soldados continuaron colgando a los prisioneros ante la vista de centenares de curiosos que se habían congregado a lo largo de la Avenida Colón. Las escoltas llegaban al lugar por turnos conduciendo grupos de ocho y diez villistas y, en medio de un profundo silencio, se ejecutaba la terrible orden “de colgar vivos a aquellos infelices que morían con una resignación que conmovía a cuantos estaban presentes. Aquellos hombres no lanzaban una queja, no pronunciaban una palabra y recibían la muerte con una tranquilidad desconcertante. Aquellos hombres no merecían morir. No debieron haber muerto y menos en la terrible forma que lo ordenó Murguía.”

Cuando se creyó que aquella matanza había terminado, “vimos llegar a una escolta con un grupo de desdichados que mostraban tal anonadamiento que parecía que no se daban cuenta del fin que les estaba reservado.” El jefe del pelotón hizo alto en el lugar de la ejecución y ordenó a los prisioneros que se formaran, y éstos obedecieron de inmediato; enseguida, el jefe le dijo al primero de la fila: “Ahora lo verán. Ándale, tú hermanito”. Después al segundo: “A ver tú también, hermanito”, y así continuó: “Y tú, y tú” y así hasta mencionar al último de aquellos individuos que no hacían el menor gesto. Al ser requeridos, cada prisionero avanzaba tranquilamente, colocándose bajo el árbol en que iba a morir, y un soldado de caballería arrojaba sobre las ramas más gruesas una reata de lechuguilla, que comúnmente valen tres centavos; otro soldado hacía el nudo en el cuello de cada condenado; silenciosos, tranquilos, los condenados se acomodaban por sí solos el nudo fatal, de manera que no les rozara mucho el cuello, y luego quedaban firmes. Enseguida, el jinete aseguraba el extremo de la reata a la cabeza de la silla de su caballo y, dirigiéndose a la multitud de curiosos que los rodeaba, gritaba: “Ábranse, que allá voy…” Y ante la mirada atónita de los morbosos, el jinete clavaba las espuelas en los ijares del caballo y éste emprendía la veloz carrera hasta que la víctima quedaba colgada; casi todos, al sentir el efecto de la asfixia, se llevaban las manos violentamente a la reata que los ahogaba, y en un gesto de desesperación lanzaban una mirada amoratada sobre la multitud, dejando caer pesadamente los brazos sobre sus cuerpos. En algunos casos la agonía se prolongaba hasta por media hora. Todo ese día continuaron colgando prisioneros y al anochecer sumaban 45 los ahorcados. En total fueron 70 los ejecutados. Al día siguiente fueron descolgados los cadáveres de los árboles e incinerados.

En una carta dirigida al jefe de la Guarnición, Villa asegura que “el día 30 de marzo, en el ataque que hice sobre Chihuahua, me hizo usted 200 muertos, pero estos porque los capturaron ustedes ya en la ciudad y los colgaron. Esto fue una lección nueva que nos dieron ustedes, porque hasta entonces mis fuerzas no sabían cómo colgar hombres; pero ahora que ya lo saben, y probablemente mejor que ustedes, lo harán mejor.”

Por los documentos encontrados en las ropas del cadáver de Saavedra se supo que el número de rebeldes ascendía a 3,500 hombres de caballería, y que Villa había planeado capturar algunos trenes en los talleres de Chihuahua para embarcar a sus tropas y sorprender a la guarnición de Ciudad Juárez, como lo hizo la noche del 15 de noviembre de 1913.

El exgeneral Miguel Saavedra se había amnistiado, y al momento de reincorporarse a las fuerzas de Villa, regenteaba la Cantina Saturno, en la calle Libertad.

Las hermanas del exgeneral Saavedra fueron a la ciudad de Chihuahua a reclamar el cadáver, pero nadie pudo darles noticias de su paradero; cuatro días después un coronel les informó que el cadáver había sido incinerado porque no había sido reclamado. Los familiares exigieron que se les entregaran los restos, y el militar las llevó al terreno donde estaban los cuerpos quemados de muchos individuos. La viuda y las hermanas compraron una urna, donde les entregaron las cenizas, y las sepultaron en el cementerio de Dolores. Ahí descansan hasta el día de hoy.

Fuentes:

(Periódicos)

La Prensa

El Paso Morning Times

El Paso Herald

El Pueblo

El Fronterizo

(Libros)

Hernández R., Amanda, General Miguel Saavedra, Gobierno del estado de Chihuahua, Chihuahua, 1986

Jaurrieta, J., Con Villa. Memorias de Campaña (1916-1920), CONACULTA, México, 2009

Mendoza S., Reidezel., Crímenes de Francisco Villa. Testimonios, CreateSpace Independent Publishing Platform, 2017

Muñoz, Rafael F., La Cuerda del general [en línea] http://elcuentodesdemexico.com.mx/la-cuerda-del-general

Archivos:

Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, Parte militar del combate librado en Chihuahua contra fuerzas de Francisco Villa, 29-30 de marzo de 1917, AHSDN, XI/481.5/306, ff. 15-20